Patagonia (A)Efectiva. El Agua como elemento de significación, el Rio Chubut
- Josefina Goñi Bacigalupi
- hace 1 día
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Actualizado: hace 7 horas

Resumen
El presente ensayo aborda el devenir del Río Chubut no como una masa de agua inerte, sino como un complejo palimpsesto territorial donde se superponen historias de control, tecnología y ecología. Desde la ingeniería rústica de los colonos galeses en 1860 hasta la monumental interrupción técnica que significó la construcción del Dique Florentino Ameghino en 1963, el cauce ha sido el escenario de un esfuerzo constante por imponer una perspectiva lineal que busca domesticar, calcular y predecir lo indómito.
Al analizar este espacio desde una perspectiva afectiva y materialista, se trasciende la visión extractivista para reconocer el agua como una “materia vibrante” (Bennett, J, 2022, p. 10) y un ser actante siguiendo a Jannet Bennett, quien propone a las materias como capaces de “actuar como cuasi agentes o fuerzas con sus propias trayectorias, inclinaciones o tendencias” (Bennett, J, 2022, p. 10), dentro de un ensamblaje agencial que articula una ecología política de las cosas. En este fluir, el río no es un recurso pasivo, sino un ser geológico que "cuenta historias" de extractivismo y violencia sistémica. A pesar de los intentos de control, la vitalidad del río se manifiesta en los espacios residuales que surgen en los márgenes como zonas de resistencia. Finalmente, nos enfrentamos a la angustia del Antropoceno y la profunda desconexión emocional, seguiremos a Donna Haraway y su propuesta de Chthuluceno (Haraway, D. 2016, p.19). como un marco ético para generar parentescos multiespecie y devolver al río su estatuto de sujeto en una red de alianzas horizontales.
Palabras clave: Río Chubut, materia vibrante, ecología política, Antropoceno, Dique Florentino Ameghino.
El territorio como palimpsesto y el control lineal
El Río Chubut constituye un caso ejemplar para comprender el territorio no como un dato natural, sino como un ser actante complejo y un palimpsesto en constante proceso de reescritura. Bajo la mirada de André Corboz, el territorio es el resultado de procesos de transformación donde los habitantes “nunca dejan de borrar y de volver a escribir en el viejo libro de los suelos”(Corboz, s.f., p. 5). En el valle inferior del río Chubut, esta escritura comenzó con los primeros surcos artesanales abiertos por colonos galeses en 1860, un hito histórico de la ingeniera que sentó las bases de un sistema de irrigación vital para la colonia. Sin embargo, la intervención más radical sobre este cuerpo de agua fue la construcción del Dique Florentino Ameghino, inaugurado en 1963, el cual funciona como un producto y proyecto diseñado para imponer un orden técnico y político sobre la fluidez de la cuenca.
La construcción de esta infraestructura hidráulica representa la imposición de una perspectiva lineal sobre un espacio que es, por naturaleza, errático e inestable. Esta perspectiva, heredera del dominio occidental, concibe el territorio como un espacio homogéneo y matemático, buscando estriar el espacio hídrico para volverlo controlable, calculable, navegable y predecible “el Estado tiene necesidad de subordinar la fuerza hidráulica a conductos, canales, diques que impiden la turbulencia, que obligan al movimiento a ir de un punto a otro, al espacio a ser estriado y medido, al fluido a depender del sólido, y al flujo a proceder por series laminares paralelas”(Deleuze y Guattari, 2004, p. 370). El Dique Ameghino no es solo una obra de concreto; es un instrumento de control de los elementos naturales que intenta mitigar las inundaciones históricas y asegurar el riego, forzando una ilusión de estabilidad en una geografía donde los cuerpos de agua suelen resistir la abstracción de la ingeniería colonial. Como señala Corboz, cuando los gobiernos aplican estas operaciones de planificación, a menudo “creen dirigir a un país, y no gobiernan más que el mapa” (Corboz, s.f., p. 13), desplazando la realidad física por una simplificación manejable (p. 12).
Pensar el valle del Chubut como un palimpsesto implica reconocer que el Dique Ameghino es una capa de modernidad técnica que se superpone a los estratos previos de habitación indígena y colonización agrícola. Esta superposición genera un territorio que es, simultáneamente, un proceso geológico y un proyecto humano donde la naturaleza es definida por la cultura que la interviene. El control lineal intentado por el dique busca cancelar la incertidumbre del río, pero al hacerlo, corre el riesgo de ignorar la densidad histórica y la inestabilidad de la base física. En última instancia, el territorio patagónico se revela como una construcción intelectual y material donde el agua, lejos de ser un recurso inerte, actúa como un elemento que cuenta historias de apropiación y resistencia frente a los intentos de domesticación industrial.
El paso de la agricultura artesanal a la gran escala hidroeléctrica del Dique Ameghino marca un cambio de soberanía sobre el suelo y el agua, donde el planeamiento estatal actúa como la “forma definitiva de gestión planetaria” (Tavares, P. 2022, p. 297). No obstante, este “modernismo de asentamiento” (Tavares, P. 2022, p.294) —en el que el diseño arquitectónico y civil se utiliza como acto de posesión— sigue dependiendo de la fecunda potencia de la naturaleza que, como advierten las fuentes materialistas, conserva siempre un “pulso energético” (Bennett, J, 2022, p. 75) capaz de desbordar los límites del control humano. Así, el Río Chubut permanece como un testimonio vivo de que el territorio es siempre un proyecto abierto, una “constelación de procesos” (Andermann, J. 2018, p. 254) que no puede reducirse a una cifra económica sin perder su esencia como lugar de convivencia entre lo humano y lo no humano.
Materia vibrante y ecología política del agua
El concepto de materia vibrante, de Jane Bennett, nos invita a abandonar la idea del agua como una sustancia sorda o un recurso inerte para reconocerle una vitalidad intrínseca y una capacidad de acción que los nuevos materialismos denominan actancia. En el cauce del Río Chubut, el agua no es el escenario pasivo de la historia, sino un actante vibrante dotado de un impulso activo que le permite persistir e introducir diferencias en el mundo. Esta vitalidad es una efectividad material que se manifiesta en la capacidad del río para afectar y ser afectado por los cuerpos con los que entra en contacto, ya sean el concreto de una represa, los sedimentos industriales o los cuerpos humanos que habitan sus orillas.
Desde esta perspectiva, el río funciona como un ensamblaje agencial, una confederación viva y palpitante de elementos bióticos y abióticos que producen efectos que ningún componente podría generar por sí solo. La ecología política del agua surge precisamente al rastrear cómo esta materialidad cuenta historias de colonización y extractivismo. El agua no solo fluye; en su composición química y en su trayectoria física, transporta las marcas de la violencia sistémica y del abuso de los recursos hídricos que han caracterizado la historia de la Patagonia. El líquido es un ser geológico que testimonia el fin de la "naturaleza barata" (Haraway, D. 2016, p.17), revelando cómo el agotamiento de las reservas terrestres por parte de la economía capitalista ha dejado una tierra desgastada y deshidratada.
En este ensamblaje, la acción conjunta del agua con otros materiales —como la arcilla, los pesticidas o el cemento del Dique Ameghino— genera consecuencias que escapan al control humano total. La infraestructura hidroeléctrica, al intentar "estriar" (Deleuze y Guattari, 2004, p. 370) el espacio hídrico para volverlo predecible y calculable, entra en fricción con la naturaleza inherentemente inestable y fluida de los cuerpos de agua, que resisten la fácil abstracción de la ingeniería. El río, en su devenir, exhibe una causalidad emergente: sus flujos circulares y sus cambios de dirección inesperados son actos de respuesta material que desbordan los diseños lineales de la planificación estatal.
Entender el agua como materia vibrante implica reconocer que los humanos somos, en última instancia, "minerales andantes y hablantes" (Bennett, J, 2022, p.48). Nuestra propia carne está compuesta por estas mismas materialidades vitales y flujos acuáticos, lo que nos sitúa no por encima, sino dentro de la ecología del río.
Espacios residuales: zonas de resistencia
Los espacios residuales a lo largo del cauce del Río Chubut no son vacíos de significado, sino fragmentos irresolutos que conforman el Tercer Paisaje (Clément, G. (2007), p.6): zonas de resistencia frente a la uniformización del territorio impuesta por la planificación estatal y el extractivismo. Estos sectores, donde las máquinas y el control lineal de la infraestructura hidráulica no logran penetrar del todo, actúan como refugios para la diversidad y como canteras de invención biológica donde la vida se despliega siguiendo procesos inconstantes.
En estas orillas, el avance de los sauces llorones —frecuentemente entrelazados con los viejos sauces criollos y matorrales — funciona como un actante vibrante que ocupa los márgenes olvidados por la administración institucional. Estos árboles no son meros objetos decorativos del paisaje, sino parte de un ensamblaje agencial que "ceñe" el río y testimonia la vitalidad de lo no humano frente a los intentos de domesticación industrial. Su crecimiento desordenado en las riberas, el cual imposibilita el acceso al río en algunos de los casos, subvierte la "perspectiva lineal" del Dique Florentino Ameghino, que busca estriar el espacio hídrico para volverlo predecible y calculable para el mercado.
El residuo de los riegos, derivado del sistema de canales iniciado artesanalmente por los colonos galeses en 1860, crea micro-ecosistemas de indecisión humana. Estos excedentes de agua, que se filtran y acumulan por fuera de los trazados de la ingeniería rústica, generan zonas yermas o residuos que, lejos de ser materia inerte, poseen un impulso vital capaz de alterar el curso de la geografía local. Son "espacios indecisos" (Clément, G. (2007), p.9) donde la materia vibrante —el agua mezclada con sedimentos y químicos de la agricultura— cuenta historias de una tierra desgastada pero resistente.
Por otro lado, las canteras de arcilla y otras explotaciones mineras a cielo abierto se presentan como "minerales humanizados" (Cantera, A.L., s.f. , p.253) o cicatrices en la superficie del territorio. Estos son escombros de un progreso que no puede ser cosificado en una postal turística, sino que representan la sedimentación de procesos de violencia sistémica y extractivismo urbano. En estos paisajes "zombies" (Parikka, J, 2021), los restos materiales se resisten a desaparecer, habitando una sobrevida que desafía la soberanía que el hombre pretende ejercer sobre el suelo desde el mapa.
Finalmente, la acumulación de pescados por la zona de diques —como truchas y pejerreyes que buscan el flujo interrumpido por la imponente represa de 225 metros— visualiza la fricción entre la naturaleza fluida y la barrera técnica. Este fenómeno de amontonamiento biótico en las cercanías del concreto revela la causalidad emergente del río: la vida animal respondiendo a un sistema sensible y frágil que ha sido forzado a la estabilidad. Ante la crisis del Antropoceno, estos espacios residuales y sus habitantes multiespecie nos exigen transitar de la planificación jerárquica a una "plantación" afectiva de vínculos, reconociendo que el futuro del río Chubut depende de estas alianzas horizontales donde la materialidad del agua continuará su flujo más allá del humano.
Hacia el Chthuluceno: futuros multiespecie
El futuro del río Chubut debe enfrentarse a la realidad del Antropoceno, época en la que la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica capaz de modelar la Tierra, pero que vive sumida en una profunda desconexión. Como señala Bruno Latour, existe un abismo entre la escala colosal de nuestras acciones colectivas y nuestra incapacidad emocional para responder a la crisis ecológica. La ilusión de dominio extremo que otorga la "política de la verticalidad" (Steyerl, H.,2020, p.28)—esa mirada distante y omnisciente desde los mapas y la tecnología— nos ha sumido en un estado de “caída libre” (Steyerl, H.,2020, p.15) subjetiva, donde la falta de fundamentos estables nos impide sentirnos verdaderamente responsables del daño infligido al ambiente. El río, al secarse o contaminarse, nos devuelve la imagen de nuestra propia finitud y la vulnerabilidad de una Gaia que no es una madre proveedora, sino un sistema sensible y frágil capaz de vengarse deshaciéndose de nosotros.
El futuro del Río Chubut exige trascender la mirada extractivista que lo ha reducido a un recurso para el mercado, reconociendo que el Antropoceno no es una época de dominio eterno, sino un evento-límite que marca el agotamiento de la "naturaleza barata" (Haraway, D. 2016, p.17). En este escenario de crisis, donde la humanidad ha operado como una fuerza geológica capaz de modelar la Tierra pero incapaz de conectarse con ella, la reconstrucción del territorio debe mutar desde la lógica de la planificación jerárquica hacia una ética de la plantación afectiva de vínculos. Transitar hacia el Chthuluceno implica habitar un tiempo-espacio de historias entrelazadas, donde el río deja de ser un objeto inerte para ser comprendido como un sujeto de derechos y un pariente en una red de alianzas horizontales. Esta nueva era nos convoca a "generar parientes, no bebés" (Haraway, D. 2016), una consigna que busca romper los lazos de propiedad y genealogía para crear parentescos multiespecie basados en el cuidado mutuo entre humanos y terranos. En lugar de aspirar a una salvación tecnológica o a un retorno a un pasado intocado, debemos aceptarnos como compost —seres compuestos de materia vibrante que se transforman enredados con el flujo del agua, las bacterias y los minerales—. El desafío central es la sim-poiesis, el "hacer-con" otros, reconociendo que ninguna especie actúa sola y que nuestra supervivencia depende de la salud del ensamblaje del cual formamos parte. Para que el río Chubut recupere su vitalidad, es imperativo reconstruir los refugios de vida que el capitaloceno ha intentado borrar, permitiendo que la diversidad florezca en los espacios residuales del cauce. Como propone Anna Tsing, esta labor requiere un luto activo por las pérdidas irreversibles, asumiendo que el daño infligido a la cuenca es una herida en nuestra propia carne compartida. Solo a través de una ecología política que valore la transformación biológica por encima de la acumulación económica, podremos asegurar que el río siga siendo un lugar de invención y posibilidad. En última instancia, la historia del río no termina con el proyecto humano; la materia vibrante del agua continuará su flujo mucho más allá de la finitud de nuestra especie. Entender el Chubut como un ser geológico nos permite ver el ahora en el que conviven el pasado fósil y el futuro incierto, recordándonos que somos apenas un momento en el rumor constante de la Tierra. El éxito de este devenir multiespecie radica en nuestra capacidad de aprender a escuchar los relatos que el agua y sus escombros tienen para contar, integrándonos finalmente a la co-agencialidad de un mundo que siempre ha estado vivo.
Bibliografía
Andermann, J. (2018). Tierras en trance: Arte y naturaleza después del paisaje. Metales Pesados
Bennett, J. (2022). Materia vibrante: Una ecología política de las cosas (M. Gonnet, Trad.). Caja Negra.
Cantera, A. L. (s.f.). Escucha de escombros: Anudamientos geopolíticos desde un arte más-que-humano. En Futuros multiespecie (pp. 247-262)
Clément, G. (2007). Manifiesto del Tercer paisaje (M. Pla, Trad.). Editorial Gustavo Gili.
Corboz, A. (s.f.). El territorio como palimpsesto (B. L. Pulido, Trad.).
Deleuze, G. y Guattari, F. (2004). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia (J. Vázquez Pérez con U. Larraceleta, Trads.). Pre-Textos
Haraway, D. (2016). Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: Generando relaciones de parentesco (A. Navarro y M. M. Andreatta, Trads.). Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales, 3(1), 15-26.
Latour, B. (2012). Esperando a Gaia. Componer el mundo común mediante las artes y la política. Cuadernos de Otra Parte, (26), 67-76.
Steyerl, H. (2020). Los condenados de la pantalla (M. Expósito, Trad.). Caja Negra Editora
Subsecretaría de Recursos Hídricos de la Nación. (2010). Inventario de presas y centrales de la República Argentina. Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios. (Utilizada para los datos técnicos del Dique Florentino Ameghino).
Tavares, P. (2022). De planificar a plantar: Conversaciones sobre reparación con Markus Krieger y Alex Nehmer.
Boletin de Obras Sanitarias de la Nación (1939) Año III - Nro. 20 ref.: OSN-1939-20-pp120-131


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