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Faros y Litoral Argentino"La dislocación de lo sublime"

  • Josefina Goñi Bacigalupi
  • hace 24 horas
  • 9 min de lectura

Resumen

El presente texto aborda una investigación sobre los faros del litoral argentino, entendidos como dispositivos técnicos de codificación y como construcciones simbólicas de la modernidad. Se propone un análisis de estas estructuras bajo la lente de la "dislocación de lo sublime". Estas estructuras se presentan no sólo como guías náuticas, sino como piezas fundamentales de un sistema de comunicación occidental positivista moderno, diseñado para la codificación y demarcación de un territorio en proceso de colonización. A través de este análisis, se explora el diálogo entre el humano y la naturaleza, donde la tecnología moderna ha operado bajo la premisa de una naturaleza conquistable, transformando la técnica a gran escala en una construcción poética de lo emblemático. Se sostiene que, en el contexto del Antropoceno, la investigación de los faros permite conceptualizar una “dislocación de su construcción simbólica de lo sublime”, entendida como el pasaje desde una estética del dominio y la superioridad humana hacia una sensibilidad fundada en la responsabilidad compartida y la coexistencia. El texto presenta la investigación "A LA MAR", una obra de arte, que busca trascender la mera observación para construir un vinculo con aquellas entidades históricamente omitida del litoral argentino. Concebida como un "archivo vivo", la obra invita a una reflexión crítica sobre nuestra relación con el litoral, tensionando los límites entre la exploración y la explotación, y promoviendo una ética del cuidado y la interdependencia con el territorio marino.


PALABRAS CLAVES 

Faros - Litoral patagónico - Sublime - Tecnología moderna - Archivo Vivo


Lo sublime como experiencia de la inmensidad

La noción de lo sublime ocupa un lugar central en la tradición estética occidental. Uno de sus antecedentes fundamentales se encuentra en el tratado “De lo sublime”, de Pseudo-Longino, donde se define como una “experiencia capaz de producir una conmoción inmediata que excede los límites de la representación ordinaria” (Pseudo-Longino, 2007).

Durante la modernidad, esta categoría adquirió una relevancia particular en la filosofía de Immanuel Kant. En la Crítica del juicio, el filósofo distingue entre lo bello y lo sublime, señalando que este último “emerge cuando la imaginación se enfrenta a magnitudes o fuerzas que exceden su capacidad de representación” (Kant, 2005). La experiencia sublime supone inicialmente una sensación de insuficiencia; sin embargo, ese fracaso sensible permite reconocer la superioridad de la razón humana frente a la naturaleza.

Kant (2005) diferencia dos modalidades de lo sublime. El sublime matemático aparece frente a magnitudes inconmensurables, mientras que el sublime dinámico surge ante fenómenos naturales capaces de inspirar temor, como tormentas o mares embravecidos. En ambos casos, el sujeto experimenta una tensión entre vulnerabilidad física y superioridad racional.


La crisis del Antropoceno ha desmantelado la visión tradicional del dominio sobre el mundo natural. Como indica Bruno Latour (2012), lo sublime se ha "evaporado" al desvanecerse la desconexión entre el accionar humano y la reacción de Gaia. En esta nueva era, la tecnología ha dejado de ser el instrumento que otorgaba superioridad al sujeto moderno para revelarlo como una fuerza geológica con responsabilidad directa sobre su entorno.

Bajo este escenario, la construcción simbólica de la naturaleza experimenta una metamorfosis radical. La técnica ya no logra sostener la ficción de una humanidad separada de su ecosistema; por el contrario, la intervención humana en los océanos y el clima fractura la antigua posición del observador distante. Esta transformación contemporánea nos exige adoptar la noción de "dislocación de lo sublime".

Dicha dislocación señala el fin de una estética donde la inmensidad servía para reafirmar la superioridad racional del hombre frente a lo indómito. En la actualidad, el reconocimiento de nuestra integración en redes de interdependencia material y ética nos obliga a transitar desde la distancia del espectador-conquistador hacia una sensibilidad fundada en la responsabilidad compartida y la coexistencia.

De acuerdo con Latour (2012), lo sublime moderno se ha desvanecido precisamente porque la distancia que lo posibilitaba ha dejado de existir. No contemplamos ya una naturaleza exterior e independiente, sino que nos descubrimos inmersos en una trama donde cada acción produce efectos materiales profundos sobre el mundo que compartimos.


Faros como Dispositivos de Soberanía y Codificación

Los procesos de modernización desplegados durante los siglos XIX y XX estuvieron profundamente vinculados al desarrollo de infraestructuras capaces de organizar el espacio mediante sistemas de información, transporte y comunicación.

En este contexto, los faros constituyen dispositivos paradigmáticos de la racionalidad moderna. Su función consiste en transformar la incertidumbre marítima en información codificada, permitiendo que extensiones oceánicas potencialmente peligrosas sean incorporadas a redes de circulación comercial y política.

Como sostiene el Servicio de Hidrografía Naval, la instalación de faros formó parte de un programa sistemático de señalización costera destinado a consolidar la navegación y fortalecer la presencia estatal sobre territorios estratégicos (Armada Argentina, 2005).

La construcción de estas infraestructuras coincide con una concepción moderna de la naturaleza entendida como recurso disponible. El litoral deja de percibirse como un ámbito indómito para convertirse en un espacio susceptible de medición, administración y aprovechamiento económico.

Desde una perspectiva semiótica, los faros pueden comprenderse como dispositivos de comunicación que participan activamente en la construcción simbólica y material del territorio. Su aparición implica el pasaje de un sistema de orientación basado en referencias naturales y saberes locales hacia un lenguaje técnico normalizado, sustentado por acuerdos internacionales y protocolos de navegación. Allí donde antes operaban accidentes geográficos, formaciones costeras o hitos naturales —como sauces, ombúes o promontorios reconocibles— la modernidad instala estructuras artificiales destinadas a producir orientación, legibilidad y control sobre el espacio.

En este sentido, los faros constituyen signos técnicos que transforman el paisaje en información comunicable. Más que simples ayudas a la navegación, forman parte de un sistema de codificación territorial que convierte extensiones consideradas inhóspitas o desconocidas en rutas seguras para la circulación marítima. Como señalaba Macedonio Fernández, estas estructuras encarnan la “mirada de la civilización sobre sus hijos esparcidos por el océano”, actuando como centinelas que buscan reducir la incertidumbre del mar y garantizar una navegación previsible.

En Argentina, este proceso se desarrolló en estrecha relación con la consolidación del Estado moderno. El sistema de balizamiento impulsado desde fines del siglo XIX acompañó las políticas de reconocimiento, ocupación y administración de territorios considerados periféricos o escasamente poblados, particularmente en la Patagonia. La instalación de faros respondió a la necesidad de ejercer soberanía efectiva sobre amplias extensiones del litoral marítimo, integrándolas a los circuitos económicos, políticos y militares de la nación en formación.

La secuencia de emplazamientos evidencia esta expansión territorial. Desde el faro San Juan del Salvamento (1884) y el Faro Río Negro (1887), hasta Punta Mogotes y San Antonio (1891-1892), Año Nuevo (1902), Recalada a Bahía Blanca (1906), Cabo Blanco (1917), Querandí (1922) y Punta Tehuelche (1949), la red de señalización marítima fue extendiéndose progresivamente a lo largo del litoral argentino. Esta proyección alcanzó incluso el Sector Antártico Argentino con la instalación del faro Primero de Mayo en 1942, reafirmando la dimensión geopolítica de estas infraestructuras.

Los faros se inscriben así como una de las huellas más visibles de la modernidad sobre el paisaje costero. Su funcionamiento responde a un lenguaje técnico especializado, regulado por organismos internacionales como el Bureau Hidrográfico Internacional, que define al faro como una estructura distintiva destinada a servir de ayuda a la navegación. Sin embargo, detrás de esta definición aparentemente neutral subyace una determinada concepción del territorio y de la naturaleza.

Estas construcciones expresan una visión moderna que entiende el entorno natural como un espacio disponible para ser medido, ordenado y administrado. La inmensidad del litoral, históricamente asociada a experiencias de incertidumbre, riesgo y asombro, es traducida mediante la técnica en un sistema de coordenadas, señales y trayectorias previsibles. El océano deja de ser únicamente un ámbito de contemplación para convertirse también en un espacio de circulación, vigilancia y aprovechamiento económico.

En este sentido, los faros operan como el brazo técnico de un proyecto de territorialización que buscó domesticar la naturaleza del litoral e incorporarla al orden político y económico del Estado moderno. La señal luminosa proyectada desde la tierra hacia el mar simboliza una forma particular de interlocución entre humanidad y naturaleza: una comunicación unilateral, basada en la orientación, la regulación y el control.

Lejos de constituir una intervención neutral, esta infraestructura revela las tensiones inherentes a la modernidad. Por un lado, los faros continúan despertando imaginarios asociados a la contemplación, la aventura y la belleza del paisaje marítimo; por otro, materializan una lógica de soberanía y vigilancia que convierte al territorio en un espacio legible y administrable. Entre la fascinación estética y la voluntad de dominio, estas construcciones condensan algunas de las contradicciones fundamentales de la relación moderna con la naturaleza.


La dislocación simbólica del Faro: La Fractura de lo Sublime, A LA MAR.

Estas estructuras, si bien operan como dispositivos técnicos para el control y la codificación del territorio, poseen una dimensión simbólica y estética crucial. Su presencia monumental sobre el paisaje es una de las manifestaciones más visibles de la relación entre modernidad y la categoría de lo sublime. El faro materializa la tensión entre la vulnerabilidad física del ser humano frente a la inmensidad natural y la aspiración a dominarla mediante la razón y la técnica. En la tradición kantiana, lo sublime matemático surge cuando la imaginación se enfrenta a magnitudes que exceden su capacidad de representación. El océano constituye uno de los ejemplos paradigmáticos de esta experiencia. Frente a esa inmensidad, el faro actúa como un dispositivo que permite mantener una distancia segura desde la cual contemplar el poder de la naturaleza sin sucumbir a él. La técnica aparece entonces como mediadora entre el sujeto y aquello que lo sobrepasa.

Esta dimensión se profundiza en las lecturas contemporáneas de lo sublime. Desde la perspectiva de Jean-François Lyotard, el faro puede comprenderse como un objeto colosal, una presencia material que se recorta sobre el horizonte y señala la persistencia de algo que excede toda representación. Su luz, atravesando la oscuridad marítima, se convierte en el testimonio de un acontecimiento: la evidencia de que algo sucede en medio de la vastedad aparentemente vacía del mar.

Más allá de su función operativa, el faro ha sido objeto de una intensa construcción simbólica que lo elevó a la categoría de emblema civilizatorio, sintetizando su condición de puente entre la tierra firme y la inmensidad marina. Del mismo modo, el faro de San Juan del Salvamento trascendió su utilidad náutica para ingresar en el imaginario cultural a través de la literatura de Julio Verne, convirtiéndose en el célebre “Faro del Fin del Mundo”, símbolo de exploración, frontera y aventura.

Bajo esta perspectiva, la transformación contemporánea de esta simbología exige retomar la noción de "dislocación de lo sublime". Si anteriormente la experiencia de la inmensidad se fundaba en una tensión donde el sujeto reafirmaba su superioridad racional frente a la naturaleza, hoy esa distancia crítica se ha fracturado. La dislocación opera aquí como el reconocimiento de que ya no somos espectadores externos de un entorno indómito, sino agentes integrados en una red de interdependencias materiales y éticas.

Esta transformación implica una dislocación de lo sublime. La antigua estética basada en la contemplación de lo inmenso y en la afirmación de la superioridad humana comienza a ceder lugar a sensibilidades orientadas hacia la vulnerabilidad, la coexistencia y el cuidado. Frente a la poética de lo monumental y del dominio, emergen prácticas que buscan atender aquello que permanece fuera de las narrativas heroicas de la modernidad.

La dislocación de lo sublime, aquí propuesta, no es una mera supresión de la estética kantiana, sino su subversión activa. Si el faro moderno buscaba imponer una "distancia segura" que reafirmara la superioridad del sujeto sobre el objeto (el mar como superficie a controlar), la obra A LA MAR subvierte esta lógica al desmantelar la direccionalidad del dispositivo de vigilancia. En lugar de iluminar el mar para convertirlo en un espacio legible para la explotación, A LA MAR utiliza la mirada mediada (los binoculares) para operar una inversión: la atención se desplaza de la totalidad inabarcable hacia la micro-escala de los entes omitidos.

Siguiendo a Lyotard, entendemos que lo sublime habita en lo que excede la representación; sin embargo, mientras que la modernidad intentaba "domar" esa inmensidad con la técnica, la obra propone habitar la incertidumbre. El océano deja de ser un "archivo de rutas seguras" para convertirse en un "archivo vivo", un espacio de interdependencia. Así, la subversión ocurre al convertir la torre soberana en un punto de escucha: la técnica ya no actúa como un escudo que protege al sujeto de la naturaleza, sino como una membrana permeable que lo integra, forzando un reconocimiento ético de que el observador no es un ente externo, sino una parte constitutiva del paisaje que intenta comprender.

Conclusión

La investigación ha situado los faros del litoral argentino no sólo como dispositivos técnicos de navegación, sino como estructuras emblemáticas del proyecto moderno y la racionalidad positivista. Representaron instrumentos clave para la codificación y delimitación del litoral argentino, afirmando la soberanía y una concepción extractivista de la naturaleza, en línea con la estética tradicional de lo sublime, donde la razón humana se impone sobre lo inconmensurable. No obstante, el análisis sostiene que la crisis del Antropoceno obliga a una fundamental dislocación de lo sublime. Esta transición implica el abandono de la distancia contemplativa del espectador-conquistador para adoptar una posición activa de responsabilidad y profunda interdependencia con el entorno. En este contexto, la obra "A LA MAR" se erige como una respuesta poética y ética, buscando desmantelar la mirada de vigilancia tecnológica que encarna el faro. Al postular al océano como un "archivo vivo", la propuesta promueve una estética del cuidado mutuo y la integración, reenfocando la atención de la escala colosal del dominio a la necesidad de interconexión. En última instancia, los faros se transforman en puntos de partida cruciales para un diálogo ético sobre la cohabitación, confirmando que el futuro del territorio marino se juega en la construcción de vínculos basados en la sensibilidad compartida y la responsabilidad colectiva.


Referencias

Armada Argentina, Servicio de Hidrografía Naval. (2005). Faros Argentinos - Argentine Lighthouses (3.ª ed.). Servicio de Hidrografía Naval.

Goñi Bacigalupi, J. (2026). A LA MAR [Presentación de Google Slides]. Google Docs. Presentación A LA MAR.

Kant, I. (2005). Crítica del juicio (M. García Morente, Trad.). Espasa Calpe. (Obra original publicada en 1790).

Latour, B. (2012). Esperando a Gaia. Componer el mundo común mediante las artes y la política. En Otra Parte, (26), 67-76.

Lyotard, J.-F. (1991). Lo inhumano. Charlas sobre el tiempo. Manantial.

Lyotard, J.-F. (2020). Lecciones sobre la Analítica de lo sublime (I. Trujillo & M. E. Tijoux, Trads.). LOM Ediciones.

Pseudo-Longino. (2007). De lo sublime (E. Molina & P. Oyarzún, Trads.). Metales Pesados.



 
 
 

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